Inteligencia Emocional Interpersonal – Habilidades Sociales

Hola. Bienvenido, bienvenida. Desde el punto de vista de la Inteligencia Emocional, las habilidades sociales son aquellas que nos permiten relacionarnos de forma sana y efectiva con otras personas. Como especie social que somos, la relación con los demás es algo esencial para nuestro desarrollo y desenvolvernos adecuadamente en sociedad es fundamental para el éxito en nuestra vida, tanto personal como profesional. En este vídeo te voy a contar cómo funcionan las habilidades sociales, qué tienes que tener en cuenta para usarlas a tu favor y convertirte en alguien más inteligente emocionalmente. Te doy la bienvenida a Cosas de Coaching.


Hoy hablamos de las Habilidades Sociales. Este es el último nivel de la inteligencia emocional. Para poderlo usar completamente y sacarle el máximo provecho es importante que ya hayas comprendido y domines los pasos previos: el autoconocimiento, la autogestión y la automotivación de la inteligencia emocional intrapersonal, y la empatía, la otra parte de la inteligencia emocional interpersonal. Aquí arriba te dejo el enlace a los vídeos de Cosas de Coaching que los explican y que necesitas ver antes de seguir viendo este.

Al ser parte de la inteligencia emocional interpersonal, las habilidades sociales incluyen a otras personas, lógicamente, junto a su universo emocional. En la parte de arriba del gráfico vamos a representar a las otras personas implicadas. En la parte de abajo, nos representamos a nosotros.

Vamos a usar el mismo esquema que hemos utilizado hasta el momento para representar el proceso emocional en nuestro interior. Recordamos que va desde la percepción de un desencadenante emocional para nosotros en una situación a la que nos enfrentamos, percepción modulada por nuestra experiencia personal pasada, pasando por la emoción que sentimos en ese caso concreto y el comportamiento que nos provoca esa emoción, incluyendo la parte verbal y paraverbal, la no verbal y las acciones que realizamos y llegando hasta los resultados, positivos o negativos, que provoca ese comportamiento en nosotros y en los demás.

Aquí, en los resultados que provoca nuestro comportamiento en los demás es donde empiezan a ser importantes las habilidades sociales. Ese comportamiento nuestro, sea el que sea, se convierte automáticamente en la Situación para las otras personas con las que estamos interactuando. Situación que puede tener un desencadenante emocional para ellas y provocar una emoción y un comportamiento en la ellas.

Cuando no disponemos de autoconocimiento ni autogestión emocional es cuando estamos usando la Vía Reactiva, nos estamos dejando llevar por la emoción provocada por la situación y no gestionamos nuestro comportamiento, por lo que no podemos controlar el impacto que provoca el mismo sobre las demás personas. El uso de la Vía Reactiva demuestra que no somos inteligentes emocionalmente.

Aquí tienes el primer pilar de las habilidades sociales emocionales, ser consciente de cómo nuestros comportamientos impactan en los demás, de qué manera lo que decimos, cómo lo decimos y las acciones que emprendemos pueden provocar una reacción emocional en otras personas y un comportamiento consecuencia de esta. Cuando tienes esta habilidad social es porque eres capaz de autorregular tu comportamiento frente a los demás, es cuando pasas de no dominar el resultado del mismo sobre ellos y empiezas a tomar las riendas de las consecuencias de tus palabras y actos.

El segundo pilar de las habilidades sociales emocionales es cuando te das cuenta de que el comportamiento de las otras personas que se relacionan contigo se convierte automáticamente en la Situación para ti. Ser consciente de cómo lo que dicen, cómo lo dicen y lo que hacen otras personas te impacta de manera emocional hace posible que puedas cerrar el círculo y puedas volver a aplicar tu autoconocimiento y autorregulación para poder llevar la relación a una situación favorable para los dos, o tres, o cuatro… que os estáis relacionando.

El tercer y último pilar de las habilidades sociales emocionales es cuando eres capaz de utilizar la Vía Proactiva en tu relación con los demás, cuando partes qué impacto emocional positivo quieres provocar en los demás y empiezas a regular tu comportamiento para ello. Entonces es cuando ya sí tienes totalmente las riendas, dejas de estar a merced de las emociones que la situación o el comportamiento de las otras personas puedan provocar en ti y estás al mando de tu mundo emocional y puedes usarlo a tu favor.

Si eres capaz de llegar hasta aquí, ¡enhorabuena, lograrás éxitos en tus relaciones que jamás te habrías imaginado! Después de todo, ser inteligente emocionalmente no es otra cosa que tener éxito en un mundo que no es material, pero que tiene que convivir armoniosamente con el mundo material para llegar a conseguir una vida más armoniosa y feliz.

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https://youtu.be/xN8igazCBXM

Inteligencia Emocional Intrapersonal

Como ya pudiste ver en un vídeo anterior de Cosas de Coaching, la inteligencia emocional tiene dos grandes ámbitos: el interpersonal, cuando incluye a otras personas y el intrapersonal, cuando se refiere a uno mismo. Hoy vamos a hablar un poco más detenidamente de este último.

Recordemos los dos componentes de la inteligencia emocional intrapersonal: el autoconocimiento, el reconocimiento de nuestras propias emociones — incluyendo la información que nos dan — y la autorregulación, que incluye, a su vez, dos partes, la autogestión, referida a la gestión de nuestras propias emociones cuando ya las podemos identificar y extraemos y utilizamos la información que nos proporcionan, y la automotivación, la habilidad para usar nuestras emociones para emprender una acción concreta que deseamos llevar a cabo.

Partimos de una situación en la que nos vemos envueltos de alguna manera; podemos ser participantes en lo que ocurre o solamente meros observadores. Hay algo en esa situación concreta que percibimos que nuestro sistema de «radar» innato e inconsciente interno nos dice que es relevante para nosotros y que debemos reaccionar de alguna manera. Esa percepción está modulada, de algún modo, por nuestra experiencia: situaciones anteriores parecidas que vivimos y cómo evolucionó la cosa, por ejemplo. Solemos reaccionar de la misma manera, normalmente. Hablamos de una parte innata e inconsciente en nosotros, por lo que se trata de algo automático. En cuanto percibimos ese desencadenante emocional, aparece en nuestro interior una activación emocional, una emoción, como respuesta a él. Y esa emoción, mediada por algunos procesos internos conscientes e inconscientes, desata un comportamiento concreto en nosotros. Por último, ese comportamiento concreto, sea cual sea, provoca unos resultados, en nosotros y en los demás, que podemos evaluar en una escala como más bien positivos o más bien negativos. Y esos resultados se incorporan a nuestra experiencia y se tendrán en cuenta como moduladores de futuras percepciones de futuras situaciones.

Aquellos que habéis visto el vídeo del Proceso Emocional de Cosas de Coaching, probablemente habéis reconocido en esto que acabo de contar el primer filtro del proceso emocional, el inconsciente, en la etapa de la percepción del desencadenante emocional y el segundo filtro, el parcialmente consciente, en la elección del comportamiento que desarrollamos tras la activación emocional. Por si alguien quiere recordarlo o vero por primera vez, aquí arriba os dejo el link.

Todo este proceso que tenemos representado aquí es la Vía Reactiva. Se llama así porque muestra cómo reaccionamos habitualmente ante las situaciones. Es esta vía la que es objeto del primer componente de la inteligencia emocional intrapersonal, el autoconocimiento. El autoconocimiento no es más que observar cómo actuamos ante las distintas situaciones que nos suceden en la vida. Observándonos podremos aprender cuáles son los desencadenantes emocionales que percibimos en las situaciones, qué emociones concretas lanzan dentro de nosotros y cuáles son nuestros comportamientos y los resultados de estos. Una autoobservación atenta y prolongada en el tiempo, en muchas situaciones distintas, nos proporcionará un conocimiento muy valioso de nosotros mismos. Con ese conocimiento luego podremos actuar y cambiar algo que no nos guste… si queremos, claro.

La autogestión también la podemos encontrar en esta Vía Reactiva, distribuida en dos zonas. Una vez que tenemos el autoconocimiento suficiente y sabemos qué percepción concreta de la situación nos lanza una emoción, es decir, qué desencadenantes emocionales son relevantes para nosotros, es cuando podemos actuar. Cambiar la percepción es el camino. Pongamos un ejemplo: imagina que para ti un desencadenante muy poderoso en una situación es que otra persona te alce la voz, te grite. La percepción de una persona gritándote por algo activa en ti de forma casi instantánea la emoción del enfado que, habitualmente provoca en ti un comportamiento de gritar como respuesta y un resultado que valoras claramente como negativo: dos personas gritándose no pueden llegar a un entendimiento. ¿Qué pasaría sin cambias tu percepción y cuando alguien te grita no te lo tomas como una agresión hacia tu persona, sino como una muestra de la agitación emocional que la otra persona tiene y que, quizá, no tenga nada o poco que ver contigo? Probablemente la emoción que sentirías ya no sería el enfado y no provocaría que gritaras a tu vez sino, quizá, intentando calmar a la otra persona, con un resultado, si tienes éxito, de poder llegar a un entendimiento con ella, lo cual valoras de una manera positiva. Lo único que has hecho es cambiar tu percepción de la situación, siendo la situación en sí misma, idéntica en los dos supuestos.

La segunda zona donde la autogestión se puede utilizar es el comportamiento elegido tras sentir la emoción. Aquí no cambiamos la percepción ni la emoción que lanza esa percepción, en el ejemplo anterior, seguimos sintiendo enfado cuando alguien nos grita, pero decidimos conscientemente cambiar el comportamiento automático que solemos tener — y que conocemos debido a nuestro autoconocimiento — en casos como ese. Esta forma de autogestionar requiere no dejarnos llevar por la emoción, cierto grado de autocontrol y equilibrio emocional. ¿Cómo podemos cambiar nuestro comportamiento? Hay dos vías principales, aunque no exclusivas: la primera es dejar que pase la ola emocional, darnos un tiempo, que será variable para cada persona, sin hacer nada, por mucho que nos apetezca responder, hasta que la intensidad de la emoción baje lo suficiente como para poder decidir mejor cómo reaccionar. La segunda es elegir de forma consciente el comportamiento que provoque un resultado positivo. En nuestro ejemplo, podría ser, sintiendo incluso toda la activación fisiológica del enfado dentro de nosotros., decir de la forma más calmada posible que podamos, a la otra persona que nos enfada que nos griten y que así nos sentimos ahora. Simplemente comunicar nuestro estado emocional en voz alta hace que podamos controlarlo mejor. Puede parecer difícil, pero como casi todas las habilidades, es cuestión de práctica. Cuando empezamos a aplicar la autogestión, la Vïa Reactiva empieza poco a poco a ser menos reactiva y más proactiva

La automotivación es cuando logramos darle la vuelta totalmente a esa Vía Reactiva. Y lo hacemos cuando empezamos por el final. ¿Qué resultados queremos obtener, para mí o para otros? Cuando partimos de unos resultados concretos es cuando podemos elegir el comportamiento que provoque esos resultados. Y como cada comportamiento está provocado por una emoción, ¿qué emoción necesito para provocar ese comportamiento? Si te estás dando cuenta, estamos pasando de una posición victimista, de dejarse llevar por la emoción que nos provoca una situación concreta, a una posición de responsabilidad, en la que debemos y podemos elegir lo que queremos. Por último, para desencadenar esa emoción que necesito, ¿cuál es la percepción que la provoca?, ¿cuál es su desencadenante emocional para la situación a la que me enfrento o voy a enfrentar (si puedo preverla, claro)? Esta Vía Proactiva en su totalidad es la forma en que podemos usar la automotivación de manera emocionalmente inteligente, es decir, a nuestro favor. De la misma manera que en la Vía Reactiva, los resultados obtenidos pasan a formar parte de nuestra experiencia, los cuales, como hemos visto antes, modulan la expresión de la emoción que corresponde a una percepción. Esto quiere decir que si logramos automotivarnos de forma adecuada, consiguiendo resultados positivos para nosotros y para los demás, estos pasarán de forma automática a la Vía Reactiva, haciendo que ese comportamiento que provoca buenos resultados sea cada vez más automático e inconsciente y nos cueste menos esfuerzo obtenerlo. Es una forma ir mejorando de forma consciente nuestros resultados. Y si te estás preguntando: ¿qué pasa si, a pesar de seguir la Vía Proactiva no consigo los resultados deseados? La respuesta es fácil: si eres realista con los resultados que te propones, sigue practicando, sigue observándote, sigue asumiendo responsabilidad sobre tus comportamientos y comprobarás como, poco a poco, los resultados llegan. Nadie dijo que fuera sencillo y rápido.

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Hábitos – Parte 2 – ¿Cómo cambiarlos?

Hoy seguimos hablando de hábitos y de cómo eliminarlos o cambiarlos. Esta es la segunda parte. Si no has visto la primera, este es el momento. Te dejo el link aquí arriba.

Recordemos cómo era un hábito: tiene tres componentes básicos: el desencadenante, algo concreto de duración muy corta que hace que el hábito comience y que puede ser interno o externo a nosotros; la rutina, la acción concreta repetitiva y observable de nuestro hábito y la recompensa, aquello beneficioso que obtenemos tras la realización de la rutina y que ha hecho que el hábito se implante en nosotros como algo prácticamente automatizado. La Recompensa puede ser externa, como algo material, por ejemplo, pero la mayoría de las veces es interna, es decir, emocional.

Recordemos también que nuestros hábitos tienen la función de mantener la coherencia entre la imagen que tenemos de nosotros mismos y la imagen que otras personas nos dan de cómo somos. Esto es muy importante.

Bueno, pues ahora que tenemos fresco todo lo que caracteriza a un hábito, vamos a ver cómo podemos eliminar o cambiar un hábito que no queremos seguir teniendo y, de paso, aprenderemos cómo implantar un hábito que sí queremos tener.

La primera pregunta a la que tienes que responder es ¿para qué quieres eliminar o cambiar uno de tus hábitos? Atención, que no he dicho ¿por qué? sino ¿para qué?. Tienes que tener muy claro para qué quieres hacerlo. Si ese hábito está hoy en ti es porque cumple su función de coherencia, lo has repetido muchas veces te ha sido útil hasta ahora; no lo subestimes.

Ahora tienes que decidir si lo que quieres es cambiar ese hábito o eliminarlo. Ten en cuenta que si lo eliminas sin más, creará un «hueco» en tu cerebro que tendrás que rellenar con algo. No se puede eliminar así como así; el vacío que deja creará una fuerza tremenda para volver a recuperarlo. No tener en cuenta esto es la principal razón por la que fallan estrepitosamente todos los intentos de eliminar hábitos claramente dañinos para nosotros y que vuelven una y otra vez. Ese hueco hay que rellenarlo con algo. Con otro hábito más saludable para nosotros, por ejemplo.

Vamos a poner un ejemplo de un hábito muy extendido que me ha propuesto Moon SM, de la Comunidad de Cosas de Coaching: la procrastinación. Consiste en retrasar o aplazar algo que tenemos que hacer — normalmente importante e incluso urgente — realizando otras acciones que no tienen nada que ver con ello y que ni siquiera son urgentes ni importantes. Moon y todos los demás que tenemos ese hábito debemos responder a ¿para qué? queremos dejar de procrastinar y cada uno y cada una tendrá razones diferentes. Como ejemplo, pongamos que yo, si dejo de procrastinar y utilizo menos tiempo en terminar las cosas importantes y urgentes que tengo que hacer, tendré el tiempo suficiente para asistir a clases de baile. Otras personas podrían esgrimir otras razones, y toda serían perfectamente válidas. La idea es que cada persona encuentre las suyas, lo suficientemente fuertes e importantes para ella. Eso dará la motivación necesaria a nuestro intento de cambiar o eliminar el hábito.

Otra cosa importante es que el nuevo hábito debe cumplir una función de coherencia, como hacía al que sustituye. Puede que quieras cambiar la imagen que otros tienen de ti, por ejemplo, pero para que tenga éxito ese deseo y se implante el nuevo hábito, este debe ser coherente, además de con esa nueva imagen externa, con tu autoimagen, tu Yo Real. Es la coherencia de afuera-adentro. No servirá de nada querer dar una imagen al exterior que no tienes en tu interior. De igual manera, también puedes querer cambiar un hábito para modificar tu Yo Real, la forma en que quieres ser. Ahí tendrás que tirar de la coherencia adentro-afuera para crear un hábito coherente con esa nueva característica que quieres tener y que al final se reflejará en la imagen que los demás tienen de nosotros.

Continuamos, tras todas esas advertencias. Puesto que los hábitos tienen tres componentes, tres posibilidades tienes para atacar los existentes e implantar unos nuevos.

La primera es atacar el Desencadenante. Para evitar que la rutina de un hábito se realice puedes, simplemente, evitar que se produzca el desencadenante que lo lanza. En el ejemplo de procrastinación que ponía Moon, podría ser no tener el teléfono móvil cerca de nosotros cuando vamos a hacer esa tarea que procrastinamos, si ese es el desencadenante, que es de tipo externo, o hacer un poco de mindfulness para concentrarnos antes de enfrentarnos a la tarea, si el desencadenante son nuestros pensamientos, que brotan sin cesar en nuestra cabeza cuando nos ponemos manos a la obra. Sería el caso de un desencadenante interno. Este es el momento de recurrir a la lista que te pedí que hicieras en el vídeo de la primera parte de los Hábitos y veas cuál es el desencadenante que tienes para tu hábito. ¿Cómo puedes evitar que ese desencadenante suceda? Te toca a ti crear una estrategia. Atención: a veces no podemos evitar el desencadenante, porque no depende de nosotros. En esos casos, pasamos a la segunda posibilidad: atacar la Rutina dando un cambiazo.

Vamos a usar el desencadenante que no podemos evitar para lanzar una nueva Rutina que, al principio acompañará a la de nuestro hábito que queremos cambiar o eliminar y, tras un tiempo, lo sustituirá.

Como ejemplo de un caso como esto, supón el hábito, propuesto por muñequita hermosa, otra amiga de la Comunidad de Cosas de Coaching, tener pensamientos negativos cuando viaja en transporte público. Si no podemos evitar usar ese tipo de transporte, porque lo utilizamos diariamente para ir a estudiar o trabajar, por ejemplo, está claro que el desencadenante estará siempre presente y no lo podemos evitar. Vamos a usar el mismo desencadenante para hacer una rutina nueva. Cada vez que nos sentemos en el autobús o el metro, saquemos una libretita que llevaremos preparada y pongámonos, por ejemplo, a colorear mandalas. Se trata de ocupar la mente en otra cosa, ya que la Rutina la utiliza. Es posible que, al principio, sigamos teniendo esos pensamientos negativos mientras coloreamos el mandala, pero si realmente nos concentramos en la tarea y repetimos esta misma Rutina el número suficiente de veces, esta sutituirá a aquella al final. Y cada vez que entremos en el transporte público nuestra mente irá directa a sacar nuestra libretita y nuestros colores.

La tercera posibilidad consiste en atacar la Recompensa. Si la idea es eliminar el hábito, tratar de que la recompensa no sea agradable quizá sea la mejor de las estrategias. Esto es fácil de hacer cuando la recompensa es externa: dinero u objetos materiales, por ejemplo, con los que, con tan solo eliminarlos, lo tenemos hecho y el hábito pierde interés. Cuando la Recompensa es interna, es decir, emocional, la cosa se complica. Es el caso del hábito que tiene Norma Larriva, otra amiga del canal Cosas de Coaching, que es el de ser controladora y perfeccionista. La Recompensa en este hábito es absolutamente emocional: tener la sensación que todo está bajo control y nada nos puede sorprender ni asustar. Para un caso como este, una estrategia puede ser enfrentarnos poco a poco a ese miedo a lo imprevisto, a lo imperfecto; dejando conscientemente «flecos sueltos» en nuestro trabajo y dejando a su vez que la sensación de descontrol nos inunde, sin luchar contra ella ni tratar de reducirla. Tras varias batallas quizá consigamos eliminar el placer emocional que obtenemos al eliminar la incomodidad ante algo no perfecto para nosotros.

Estas son las tres vías disponibles para cambiar o eliminar un hábito, que hemos explicado con ejemplos. Vaya desde aquí mi agradecimiento a Moon, muñequita y Norma por su colaboración. Por supuesto, lo que hemos contado para estos casos concretos son solo sugerencias; otras soluciones son también viables y posibles. Solo he pretendido aquí dar pistas sobre cómo se pueden atacar los hábitos en cada uno de sus tres puntos flacos: el Desencadenante, la Rutina y la Recompensa. Vuestra creatividad e imaginación seguro que pueden crear soluciones probablemente más efectivas.

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Hábitos, parte 1. ¿Por qué te definen?

Hoy hablamos de hábitos y de cómo cambiarlos. Este vídeo es la primera parte.

Recurriendo al diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, encontramos que un hábito es el «modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición (…) u originado por tendencias instintivas». Cuando algo se fija en nuestro comportamiento por repetición es que lo hemos hecho de la misma manera durante tantas veces que ya lo hacemos inconscientemente, casi sin pensar. Eso es un hábito.

Vamos a utilizar un gráfico para ver dónde se encuentran los hábitos. Lo haremos en forma de capas, como una cebolla, pero cortada a la mitad. Este gráfico tiene como base los niveles neurológicos del ser humano, que ya explicamos en otro vídeo de Cosas de Coaching que te animo a que veas ahora mismo, antes de continuar.

La primera capa es la representación mental que tenemos de nosotros mismos, el Yo Real. Representa como creemos que somos realmente. Es una parte inconsciente de la mente donde se encuentran las capacidades y conocimientos que creemos tener, nuestras creencias y valores e incluso nuestra identidad, el quién somos para nosotros mismos.

Rodeando al Yo Real están nuestros comportamientos. Es la parte consciente y observable de nosotros. Está compuesta por las acciones que realizamos en nuestro entorno: el dónde, cuándo, con qué o con quién hacemos algo, y por nuestras conductas, la forma de reaccionar que tenemos ante nuestro entorno: qué cosas hacemos, cómo nos comportamos en unas circunstancias determinadas.

La última capa, que rodea a las otras dos, es la imagen que damos a los demás, de qué manera nos ven los otros. Es nuestra apariencia externa, lo que dirían de nosotros la gente que nos conoce si les preguntaran cómo somos.

Pues bien, los hábitos están en la capa intermedia de los comportamientos, porque son observables y concretos, pero están muy cerca de la primera capa, el Yo Real, porque son, la mayoría de las veces, inconscientes. Por eso decimos que los hábitos nos definen y que, observándolos, podemos aprender mucho de cómo es, para nosotros, ese Yo Real.


Una de las motivaciones básicas del ser humano es la coherencia. La búsqueda de la coherencia entre nuestro Yo Real, nuestros comportamientos y la imagen de nosotros que nos devuelven los demás es lo que hace que estemos continuamente luchando para que las tres capas estén alineadas y podamos vivir en equilibrio. Y los hábitos tienen un papel preponderante en esa búsqueda de coherencia.

La coherencia puede ir en dos sentidos, de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro.

Veamos un ejemplo de coherencia de afuera- adentro. Partimos de una afirmación como la siguiente: «quiero ser percibido como alguien generoso». Esto estaría en la capa más externa, la imagen exterior. En la capa intermedia, para ser coherente con eso, deberíamos desarrollar comportamientos del tipo «Ayudo a los demás siempre que puedo cuando detecto una necesidad en alguien». Si ayudamos a los demás cuando lo necesitan, nos verán como alguien generoso ¿verdad? Siempre que no pidamos algo a cambio ¿eh? En la capa más interna, en nuestra auto-imagen Yo Real estará una afirmación coherente con las otras dos, del tipo «Soy una persona afortunada en la vida. Dispongo de recursos que otros no tienen», por ejemplo. Esos recursos pueden ser tiempo, dinero, conocimientos o lo que sea que aportamos a los demás cuando necesitan ayuda. ¿Ves la coherencia entre las tres capas?

Veamos ahora otro ejemplo de coherencia, esta vez de adentro-afuera. Partimos de una creencia: «Soy una persona insegura». Esta creencia está en nuestro Yo Real. En la capa intermedia, puede ser que uno de nuestros comportamientos sea «evitar tomar decisiones precipitadas sobre temas importantes, buscando información de diferentes fuentes para estar lo más seguro posible antes de tomar la decisión». Por último, en la capa de cómo me verán los demás tras este tipo de comportamientos puede estar algo así como «Es una persona súper fiable. Cuando dice algo, suele ser verdad al 100%. Su opinión vale de mucho». ¿Ves otra vez la coherencia?

La búsqueda de coherencia hace que nuestros comportamientos se adapten tanto al exterior (la imagen que queremos dar) como a nuestro interior (la persona que creemos o queremos ser). Cuando un comportamiento da buen resultado y obtenemos lo que queremos, tenemos la tendencia a repetirlo, con pocas variaciones, hasta que se convierte en un hábito. Así es como un comportamiento se convierte en un hábito: porque cumple una función.


Veamos ahora, también gráficamente, cómo es la estructura de un hábito. Tiene tres componentes básicos. El primero es el Desencadenante. Es algo concreto que hace que el hábito comience. Es como un disparador, algo de duración muy corta. Este desencadenante puede ser externo o interno. Uno de tipo externo sería ver ponerse un semáforo en verde, oír el tono de llamada de nuestro teléfono o sentir el agua caliente de la ducha sobre nuestra piel, por ejemplo. Lo externo lo percibimos con nuestros sentidos y cualquier otra persona podría percibirlo. Un desencadenante interno sería un pensamiento, un recuerdo, una emoción concreta, un estado de ánimo,… algo que sucede dentro de nuestro cuerpo y que solo nosotros somos capaces de percibir.

El segundo componente del hábito es la Rutina. Es la acción o reacción concreta que realizamos. Es la parte observable y repetitiva del hábito que podemos describir con un nivel de detalle muy alto.

El último componente es la Recompensa. Ninguna rutina habría llegado a repetirse tanto como para convertirse en un hábito si no hubiera una recompensa positiva que obtuviéramos como resultado de realizarla. La Recompensa puede ser también externa o interna pero la gran mayoría de las veces es interna, es decir, emocional. Debido a esto, a veces es muy difícil descubrir cuál es la recompensa que obtenemos porque no se ve y quizá no tengamos la costumbre de analizar cómo nos sentimos tras realizar la rutina del hábito. Pero no tengas dudas, siempre, repito, siempre, hay una recompensa que ha hecho que el hábito se haya implantado en nosotros.

Ahora que ya sabes todo esto, te propongo un ejercicio cuyo resultado usarás después, cuando quieras eliminar o cambiar un hábito que tengas.

Dedica un tiempo a observar tus hábitos para ver cómo te definen. Utiliza una plantilla como esta: En la primera columna anota el hábito, ponle un nombre. Por ejemplo, «morderme las uñas». En la segunda columna pon cuál es el desencadenante de ese hábito. Atención: recuerda que puede ser interno o externo y es algo de corta duración. Si no estás seguro, obsérvate durante unos días y en cuanto te descubras en medio de tu hábito, trata de descubrir qué fue lo que lo inició. En el ejemplo que estamos poniendo, puede ser una sensación de ansiedad mientras estoy leyendo. En la tercera columna describe la rutina del hábito de la manera más precisa y detallada que puedas. Si es una rutina relacionada con un hábito siempre se repetirá de una manera muy similar de una vez a la siguiente, por lo que te será fácil describirla. Si hay variaciones sustanciales, mira a ver si son dos hábitos diferentes o si hay dos desencadenantes diferentes para un mismo hábito. En nuestro ejemplo, solo me muerdo las uñas de la mano izquierda, empezando por el dedo pulgar. Por último, en la cuarta columna, pon cuál es la recompensa que recibes tras realizar la rutina del hábito. Es posible que al principio te cueste mucho rellenar esta columna, pero insiste. Recuerda: siempre, siempre hay una recompensa. Interna, la mayoría de la veces. En el ejemplo, siento reducir mi ansiedad mientras leo. Cuando tengas la lista con algunos de tus hábitos, ya estarás preparado para ver la segunda parte de este vídeo.

Bueno, hasta aquí hemos llegado en esta primera parte sobre hábitos. No te olvides de darle al like si te gustó este vídeo, de suscribirte al Canal si quieres seguir aprendiendo y de comentar lo que quieras en la sección de comentarios. Gracias por pertenecer a la gran comunidad de Cosas de Coaching.


Cómo hacer más grande tu Triángulo de la Vocación

Hoy seguimos hablando de la Vocación.

En respuesta a los correos que me han llegado sobre el triángulo de la Vocación, hoy vamos a ver cómo se puede alimentar para hacerlo más grande, útil y rico.

Recordemos cómo se llamaban los tres vértices: el primero, “lo que me gusta”, el segundo, “lo que se me da bien” y el tercero “lo que puede beneficiar a otras personas (y a mi)”. Para aquellos que aún no lo conozcais, os pongo en la descripción del vídeo el enlace para que aprendáis a construirlo.

¿Cómo podemos hacer para alimentar el vértice “lo que me gusta”? En general, no solemos tener problemas para rellenarlo con montones de cosas. Si quieres hacerlo crecer, desconecta el cerebro, deja la parte racional un poco aparcada y deja que salga todo lo que te apasiona. Haz un esfuerzo y pon todo lo que te guste hacer, aunque te parezcan tonterías a primera vista. Cada cosa que pones lleva a otra y esa a otra y a esa a otra y siguiendo ese proceso puedes llegar a “esa” cosa que será uno de los vértices de tu Vocación.
Si aún te sigue costando, prueba a aprender cosas nuevas. Lee, escucha, experimenta, haz, descubre, sal al mundo. Solo haciendo cosas nuevas encontrarás nuevas cosas que te apasionen. Atrévete, innova, arriésgate, conoce gente nueva. Sé curioso, investiga, crea, prueba cosas que nunca te imaginaste haciendo. Así harás crecer este vértice. Lo mejor de la vida está siempre al otro lado del miedo.

¿Cómo hacemos para alimentar el vértice “lo que se te da bien”? Pues aquí lo tenemos más fácil. Practica, practica y practica. Elije de las cosas que te gusta hacer aquellas que aún no se te dan bien y practica. Quizá no llegue a dársete bien alguna pero al menos lo habrás disfrutado porque… te gusta hacerlo ¿verdad?.
Como ejemplo, me pongo a mí mismo. A mi me gusta dibujar. Hacer garabatos y representar la realidad. Y, como ves, no se me da muy bien. Por esa misma
razón se me ocurrió hacer esta serie de vídeos que estás viendo, porque me permite practicar una cosa que me encanta hacer. Aunque no me salga bien… aún.
Practicar algo que no se te da bien (aún) es duro. Sientes frustración porque quieres enseguida hacerlo bien. Olvida tus expectativas, céntrate en la actividad y disfrútala por sí misma. Habrás pasado un buen rato y habrás mejorado. Sin duda. Este vértice se hace crecer practicando.

¿Y el vértice “Lo que puede beneficiar a otras personas”? Si tienes los otros dos vértices suficientemente grandes, solo puedes hacer una cosa: investigar el mercado. Con algo que te guste hacer y que se te dé bien, mira qué están haciendo otras personas en el mundo y si tienen éxito haciéndolo. Al principio no importa que copies sus maneras. Incluso está bien que las tomes de modelo al principio, para que cogas confianza. Al cabo de algún tiempo, poco a
poco, encontrarás esa forma de hacer que te hará único y diferente, ya no copiarás a nadie, serás tú mismo. Serás una referencia para otras personas, podrás cambiar sus vidas de alguna manera. Encontrarás personas que te paguen por hacer lo que quiera que hagas para ellas y en todo ese proceso crecerás como persona. Triunfarás con tu Vocación.

Un último consejo: guarda una copia de tu triángulo de la Vocación. Te encantará volver a verlo cuando ya la estés disfrutando y recordarás cuándo empezaste a tomar las riendas de tu vida…

¿Por qué no escuchamos más? – Escucha Activa 2ª Parte

Si la escucha es algo tan beneficioso (ver las ventajas que tiene en el post anterior sobre Escucha Activa), ¿por qué no lo hace todo el mundo?

La verdad es que no es fácil. El verdadero problema, lo que hace tan difícil escuchar, es que tenemos demasiadas cosas dentro de nuestra cabeza; hay tanto ruido y distracciones en forma de pensamientos que no tenemos el espacio mental y emocional necesario para poder detenernos a escuchar a la otra parte.

Si queremos escuchar a la otra parte, debemos aprender a escucharnos a nosotros mismos. Si nos tomamos unos instantes de quietud mental antes de escuchar a los otros podremos descubrir lo que estamos pensando y sintiendo en ese momento. Escucharnos a nosotros mismos para calmar nuestra mente, nuestros pensamientos. No tiene nada que ver con meditar ni nada de eso, no nos confundamos. Cuando nos escuchamos a nosotros mismos podemos descubrir en qué estado emocional nos encontramos. Podemos descubrir, por ejemplo, que estamos estresados, o con ansiedad, o enfadados, nerviosos o cansados…. Sabiendo eso, podemos enfrentarnos a la escucha del otro poniendo toda la atención en ÉL (nivel 2 de escucha) puesto que ya nos hemos escuchado a nosotros mismos (nivel 1).

Imagina un mundo en el que se enseñe a los niños en la escuela a escuchar, algo tan importante como leer o escribir. ¿Cómo sería el mundo si los padres aprendiéramos de verdad a escuchar a nuestros hijos, mostrándoles que realmente nos importa lo que digan o sientan, apartando por un momento nuestra «necesidad» de educarles diciéndoles lo que tienen o no que hacer? ¿Imaginas cómo sería la vida en el trabajo si los jefes aprendieran a escuchar en el nivel 2 a sus empleados para saber exactamente cómo pueden ayudarles a obtener lo que se espera de los Equipos? ¿Si escogiéramos a los políticos por sus habilidades de escucha en vez de por sus habilidades de dar discursos motivantes?

La escucha provoca, además, una reacción en cadena. Cada persona que es genuinamente escuchada se siente naturalmente inspirada para escuchar a otra. La escucha es contagiosa. Te invito a que empieces esta cadena hoy mismo, ahora mismo. En tu próxima conversación con un compañero de trabajo, dale tu máxima atención. Escúchale en el nivel 2, escúchale para ver el mundo, la situación, el asunto, desde su punto de vista. Escucha al ser humano, más allá de las palabras. A ver qué pasa.

Uno de los mayores regalos que podemos hacer a alguien es que se sienta escuchado. Con el poder de la escucha genuina podemos transformar nuestras relaciones, nuestras familias y el mundo, al final.

¿Qué te parece? ¿Escuchamos?