Desde el principio, las personas de mi equipo me miraban raro para ver por dónde les salía. Normal, no era el primer jefe que tenían y me estaban calando para ver cómo posicionarse ellos. Se lo puse difícil, porque no me tenía calado ni yo mismo.
Pasada la euforia inicial y conocer por encima a cada uno – y hacerme la idea en la cabeza, creía yo, de quién valía, quien curraba, de quién me podía fiar y de quién no – cada día que pasaba iba la cosa a peor. Me puse a mandar como si supiera lo que hacía.
Un día era un cabrón gritón.
Al día siguiente un colega blandito.
Un desastre, eso es lo que era.
Los resultados no salían, cada día teníamos una mierda más encima de la mesa sin haber limpiado la del día anterior, tenía a la gente cada día más encabronada y yo salía cada día agotado física y mentalmente del trabajo preguntándome por qué cojones la gente no me hacía caso, por qué no me obedecía a ciegas y punto. Cada uno iba a su bola y yo a la mía.
Quería ser un líder y no llegaba ni a jefecillo cutre.
No éramos un equipo, éramos una banda. Igual que el tuyo ahora, aunque no lo reconozcas.
Y yo en medio de todo, creyéndome el jefe, el que llevaba las riendas.
Jajaja.
No llevaba ni riendas ni riendos. Riéndose estaban algunos, eso sí.
Tras varios años así – sí, años, has leído bien, soy lento hasta para sufrir – decidí cambiar. La experiencia como jefe primerizo no iba mejorando con el tiempo. Podría haber seguido así hasta jubilarme, sintiéndome un don nadie y agotado cada día, mi equipo sintiéndose sin dirección ni liderazgo, dejándose llevar por la inercia, y los resultados, sin llegar.
No, no podía seguir así. Así que decidí hacer algo por mí.
Yo seguía queriendo ser un líder, que la gente me siguiera, que me hicieran caso, que los resultados salieran, vivir cada vez mejor, tanto mi equipo como yo. Coño, cambiar algo, tener impacto, dejar huella, ya sabes.
Me apunté a un máster de Coaching porque sonaba bien y estaba de moda. Todos eran coaches en esos días. Hasta mi vecino, que apenas sabía hablar.
Me cambió la vida, oye.
Lloré como un niño.
Me enfrenté a mis mierdas.
Y descubrí que no tenía ni idea de lo que era ser jefe.
Joder si aprendí.
Me gustaría decirte que apliqué todo lo que aprendí a mi trabajo con mi equipo, pero no me dio tiempo. En mi empresa me cambiaron de puesto y deje de ser jefe impuesto.
Me pasaron a formador.
Y como formador descubrí que se puede liderar sin ser jefe.
Porque una cosa no quita la otra, ni la favorece siquiera. Que hayas sido cocinero antes de fraile no te facilita ser fraile. Tienes que saber lo que significa ser fraile para ser el mejor fraile del convento. Hayas sido cocinero, barrendero o comerciante de esclavos antes.
Como formador aprendí a liderar. A mí mismo el primero. A mis alumnos, después.
Y llevo formando líderes más de 8 años.
Si quieres ser un líder, tienes que aprender lo que hace falta ser, tener y saber para ser líder. Yo lo aprendí. Tarde para mi equipo, pero lo aprendí. Otro gallo nos habría cantado.
Si quieres que te cuente lo que hace falta ser, tener y saber para liderar, escríbeme al correo de más abajo.
No te voy a engañar: hay que currar. Mucho. Puede que currar mucho no sea un problema para ti. Mejor. Porque no todos están dispuestos a currar mucho para conseguir lo que quieren. Eso sí, tienes que currar en otra cosa en la que hasta ahora no estabas currando. Por eso hasta ahora no te ha salido bien.
Yo te lo cuento.
Formo en liderazgo. Y voy a liderar durante la formación a un equipo de personas que, como tú, deseáis convertiros en líderes.
Vais a currar de lo lindo. Y lo conseguiréis.
Si no quieres ser el jefecillo triste del que todos se ríen por detrás, escríbeme ahora mismo.
¿Quieres liderar o prefieres seguir sufriendo?
Tú decides: info@jcmenendezcoach.com
Escríbeme ya y evoluciona.